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Cuentos infantiles

Doña Bertina y su olla de tamales

Doña Bertina y su olla de tamalesEn la Ciudad de México, una de las cosas más típicas que nos podemos encontrar cuando salimos del metro por la mañana es a una señora vendiendo unos riquísimos tamales y atole.

Este precisamente era el oficio al que se dedicaba doña Bertina, una mujer de aproximadamente unos 65 años de edad. Su puesto estaba conformado por varios elementos básicos: La olla de los tamales, tres ollas de atole, una bolsa con vasos, tenedores y platos desechables, servilletas, una bolsa con bolillos y una mesa plegable.

Las veces en que yo la vi (que dicho sea de paso fueron bastantes, pues duré trabajando en esa zona de la ciudad fácilmente unos seis años), nunca dejó de sonreírles a sus clientes.

Inclusive, en una ocasión en la cual me detuve a comprar un vaso de atole de cajeta, le pregunté:

– Disculpe doña Bertina ¿me permite hacerle una pregunta?

– Claro.

– ¿Por qué sigue trabajando aquí, si veo que le va muy bien? A lo que me refiero es que con el dinero que obtiene a diario, usted ya hubiera podido poner fácilmente un local establecido en donde vender su mercancía, sin tener que estar a merced de las inclemencias del tiempo.

– Es que ese dinero no es solamente para mí. Yo no tengo familia, pero me gusta ayudar a las personas que tienen menos que yo. Por eso, aparto todo lo que puedo y se los doy a quien más lo necesita.

– Wow, si todas las personas fueran como usted, viviríamos en un mundo mucho mejor. Infelizmente hoy en día a la gente no le interesa el prójimo.

– Se equivoca. Sin ir más lejos el sábado pasado mientras fui a ayudar a cruzar la calle a un ancianito, unos muchachos se robaron mi mercancía.

– Pero si lo acabo de decir. La gente es absolutamente insensible.

– Le pido que por favor me deje terminar. Ese día la gente llegó por sus tamales y yo les expliqué a cada uno lo que había sucedido ¿sabe que eso la gran mayoría de ellos? Me preguntó.

– No, no lo sé.

– Actuaron como si no pasara nada y me pagaron las órdenes como si hubiesen sido surtidas. La vida te da recompensas asombrosas.

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